Todo empezó cuando, siendo muy pequeño, aprendí de la forma más brutal posible el valor del dinero: no me compraron el juguete que yo quería. En ese momento mi mente infantil no dimensionaba el impacto de la frase "ahora no", pero sí recuerdo con total claridad la cara de mis padres, los cálculos hechos a media voz, el horror cuando la leche subía un poquito más de precio o acostumbrarme a caminar cuadras y cuadras detrás de ellos buscando en dónde hacer las compras al menor precio.
Pasar de ser clientes regulares del supermercado a expertos en el regateo en el mercado tradicional, o de productos de marca a sus imitaciones genéricas. Visto así, creo que toda mi vida se puede resumir en "no alcanza para esto, pero esto otro es similar." En lugar de los zapatos de marca, me compraron una imitación china a mitad de precio; mismos que se rompieron a mitad del año escolar, cabe agregar. Si aprendí inglés, fue por una combinación de talento lingüístico y mucha, muchísima disciplina, pero ya me hubiera gustado tomar clases en un instituto o, por qué no, hacer una visita a cierto país angloparlante para sumergirme en el idioma. Un tiempo fui parte de los boy scouts de mi ciudad, pero jamás fui a ningún campamento por no poder comprar el equipo necesario. A mitad de mi carera universitaria, tuve que rechazar una beca en el extranjero por no poder costear los costos del vuelo, además de que tampoco pude terminarla por lo mismo: el costo.
Ha sido así desde que tengo memoria. Es cierto que mis padres se esforzaron por sacarnos adelante en la medida de sus posibilidades —y por eso les agradezco—, pero no me parece justo apelar a un falso sentimiento de culpa: "hay gente que tiene menos, no seas malagradecido", porque no, contar con lo básico no debería ser un lujo y, más que una meta, debería ser el punto de partida para aspirar a algo mejor. Si hoy estoy donde estoy, es porque en algún punto, mi humillación y mi desesperanza se volvieron funcionales. Pero en principio, nadie debería sentirse así. Soy perfectamente consciente de que esto es una utopía, pero prefiero ser un renegado antes que un conformista.
Conformarse. Una palabra tan triste que hasta duele pronunciarla. No solamente fue no poder comprar el juguete que yo quería en mi infancia, fue dejar todo a medias porque ya no podíamos seguir pagándolo o buscar alternativas, a menudo mediocres, para solucionar problemas que, de entrada, tampoco eran tan complicados. Cuántas oportunidades perdidas, viajes cancelados, becas rechazadas, cursos abandonados, sueños que se quedaron justamente en eso: sueños. A modo de confesión, no pude seguir la profesión que deseaba porque, para cuando empecé a ser consciente de qué era lo quería en la vida, decidimos emigrar a una isla rodeada de tierra creyendo que así gastaríamos menos; es la misma miseria, pero bajo una bandera distinta. Y ni qué decir de los estudios que dejé a medio hacer, las amistades cortadas de tajo y el futuro que prometía tantas cosas brillantes, casi al alcance de mis manos.
Es fácil ceder al victimismo, como también es tentador entregarse a alguna manera de escapismo. Por un lado, creer que todo está en tu contra, que naciste con una marca maldita o que el universo te odia te ahorra el esfuerzo —vale decir, el dolor— de asumir que nadie más que uno mismo es responsable de su propio destino. Sin embargo, siendo realistas, no somos dioses. No somos capaces de torcer el curso del mundo según nuestra voluntad. Ni mucho menos podemos elegir con qué cartas jugar al juego de la vida; simple y sencillamente, algunos tienen más suerte que otros. Por lo tanto, en cierta medida, sí, somos víctimas de nuestras circunstancias. Por otra parte, tratar de buscarle explicaciones a nuestras desgracias desde la religión o la política, aunque justo y necesario, no dejar de ser un desatino. Que YO no sea capaz de prosperar porque vivimos en una sociedad capitalista injusta o porque Dios está poniendo a prueba mi fe pueden, a lo sumo, darle una semblanza de racionalidad a una vida por lo demás arbitraria. No obstante, hay que admitir que detrás de todo esto no hay un sentido último e inequívoco. Toca aceptarlo sin más.
Con todo, entiendo por qué alguien se decantaría por una u otra alternativa. Entre no tener nada a qué aferrarse y la promesa de algo, aunque no se sepa qué es, aunque no haya garantía de que exista, la elección resulta evidente.
Sin embargo, nada de esto justifica el tener que conformarse con menos. De hecho, si alguien tiene, o ha decidido tener, hijos, tampoco justifica el darles menos de lo que merecen. Sí, entiendo que la economía de hoy dificulta adquirir muchas cosas: una casa, un vehículo, una educación decente, entre otras; sin embargo, perpetuar el ciclo de carencias no arregla el problema, sólo lo agranda más. Lo natural, e ideal, sería darles a nuestros hijos las oportunidades que no tuvimos de pequeños, para que así ellos a su vez, puedan sacar adelante a los suyos. Sé que no todos pueden elegir, pero quienes tengan margen, que no normalicen lo injusto. Ya lo decía Dostoievski: "Los hijos no tienen por qué pagar por los pecados de sus padres", o en otras palabras, nuestra única opción para exorcizar los demonios del pasado es construyendo no un mejor futuro, que es incierto, sino un mejor presente, que es el que nos tocó vivir, lo queramos o no.
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