martes, 22 de abril de 2025

Vencedores vencidos

 Un relato original


—…gloria al vencedor —musitó Miguel de pronto, seguido de un suspiro.

—¿Qué? —me volví hacia él.

—Ahí dice —dijo señalando el arco que, impertérrito, dominaba la entrada del complejo verde olivo; letras negras desgastadas por el tiempo o el descuido insistían en repetir las palabras: “gloria al vencedor”, aunque en estos tiempos sonaran como una elegía nostálgica dedicada a mejores tiempos.

—Ya veo. Paré un momento, algo estaba pasando en la fila delante de nosotros, alguna congestión del tráfico, alguna obra pública, algún loco que fue y se estrelló contra el camellón. Un día normal. La entrada había quedado un poco atrás, sin embargo, aún podíamos divisar un poco del interior del complejo desde el pedazo de carretera donde estábamos detenidos. Vi la plaza de armas con su bandera ondeando lánguidamente bajo el azul del cielo, un par de edificios descoloridos, excesivamente cúbicos en contraste con la exuberante naturaleza que los rodeaba y un par de camiones estacionados a los costados, más viejos que la vida misma.

Quise sentir lástima por Miguel, que seguía mirando hacia fuera muy lejos, o bien dentro de sí mismo para comprobar la tesis dostoievskiana de que siempre hay un pozo de desesperación más profundo en el que se puede caer. Sabía someramente que no las traía todas consigo, entre alusiones veladas en conversaciones casuales al intento, más o menos fallido, de emular otro tipo de vida reflejado en la elección de vestimenta para venir a dar clases —zapatos de riguroso negro, pantalones de mezclilla, camisas blancas indistinguibles—, el cabello excesivamente corto, casi al rape, y la manera brusca de hablar, que yo no sé si sería una extensión de su acento, llamativo por lo inusual, que lo hacía sonar inquieto, como si sus palabras tuvieran segundas, terceras y hasta cuartas intenciones. Pero no podía ser, me constaba que él siempre iba con el corazón en la mano, algunas veces para bien, no menos otras para mal. Algo entendía de sus abuelos y su participación en cierta guerra, pero de eso ni él estaba seguro, y a decir verdad tampoco importaba, ni una gota de todas las glorias pasadas del mundo valen para subsanar la menor de nuestras desdichas presentes. 

Tontos e inocentes, hubo una época en la que creíamos que el fervor en nuestros pechos bastaba para mover el mundo. Hablo, claro, de antes de los contratos sociales, las obligaciones tácitas o impuestas, los embates del azar, la idiotez contagiosa de los demás, esa necesidad histérica de encajar, sonreír, funcionar. Ignoro la mitad entera de su historia de vida, pero no necesito saber qué le pasó antes de venir a parar a nuestro país para saber que Miguel era miserable desde antes, sin quererlo ni merecerlo, a lo mejor como si la desgracia fuese una enfermedad hereditaria, una anomalía en la sangre que yo sé está dispuesto a derramar por cualquier causa que lo convenza de que todavía hay un sentido. Un romántico como pocos, un alma nacida a destiempo, quién sabe cuántos años antes, o cuántos años después; pero me cuesta mucho imaginarlo en un mundo diferente a éste. Con todo, el único error de Leibniz fue haber afirmado que éste es el mejor de los mundos posibles, habría que revisar nuestra génesis para encontrar quién nos dio gato por liebre y en lugar de la idea de Dios nos plantó en la cabeza esta profunda desesperanza que nos consume poco a poco.

 Gloria al vencedor, lo oí repetir una vez más, ahora que volvíamos a movernos, como si fuera un poderoso sortilegio capaz de exorcizar aquello que ensombrecía sus facciones. Quedó atrás el derruido fortín, dando paso a hectáreas de inextricable vegetación, ahora hecha parque nacional, único orgullo de este país, puesto que no somos capaces ni de dominarnos a nosotros mismos. Ante el silencio meditabundo de Miguel, me permití pensar una vez más en su lugar y pronto caí en la cuenta de que no hubiera estado nada mal venir a recluirse en un lugar como éste, un punto olvidado por Dios junto con otros cien o ciento cincuenta diablos a los que la vida ya no atemorizaba, y dedicarse a desbaratar el infierno tan temido, obra y gracia de nuestra especie. Así, solucionaba tajantemente el dilema sobre la equivalencia entre ejército e iglesia. Volví a mirarlo, ahora con una especie de afecto paternal, y quise decirle, recomendarle, sugerirle, recordarle que en esencia no hay diferencia entre un monje y un soldado.

—Y eso… —dijo él al azar, más para sí mismo.

—Pues sí —repuse con simpleza. Después agregué: —. Habría que ver, tema de fechas y demás.

—¿De qué hablas?

—Ni idea. Sólo digo.

—Cuando terminen las clases tal vez pida un permiso para que no me den cursos, luego veré qué hacer.

—Y sí.

Al fin y al cabo, ¿qué son seis meses sin cobrar?, pensé con amargura. Seis meses de trabajo intenso, curso tras curso, caras pubescentes todas iguales y cuando llegan las vacaciones la dirección ni siquiera tiene a bien de decirnos que no habrá trabajo. Sólo un aguinaldo, pagado tarde y, por lo demás, incompleto, y si acaso, un gentil recordatorio de subir nuestras planillas a plataforma con al menos un mes de anticipación dado el hipotético caso de que alguno de nosotros, profesores nuevos, tuviera disponibilidad para dar clases extra durante el verano, siempre y cuando otro profesor más antiguo decidiera irse de viaje gracias a uno sus generosos bonos, de pronto decidiera jubilarse o le diera un infarto a mitad de la lección. Así las cosas, quizás, después de todo Miguel no es el loco furioso que lo creí al principio. O si lo es, sin duda es un tipo especial de loco, alguien con la cordura suficiente para reconocer que algo anda mal con él, sin embargo, suficientemente insensato como para no dejarse engañar por la entelequia de la madurez.

Me abstuve de mencionar el significado y propósito del inmenso vallado que circundaba cierta sección del aeropuerto, el orgulloso escudo que a la vez invitaba a conquistar los cielos y excluía a la gente de a pie, de todas maneras, no hacía falta hacer mucha deducción para comprender de qué se trataba. Ya puestos, se me ocurrió que sería bueno compartir algunas peripecias del rito de pasaje que todos los varones de este país experimentamos, último vestigio de un pasado que todos preferimos olvidar; mi boina roja, más simbólica que real, un accesorio más que un trofeo. Tres saltos justos y todos licenciados, de vuelta a la normalidad, lo que sea que eso signifique. Pero me contuve, tras pensarlo un poco, no hallé motivo valedero para reabrir viejas heridas, ni para causarle nuevas a aquel que aún no sabía si considerar mi amigo. Supuse que poca o ninguna envidia podíamos tenernos a estas alturas, lo que no cambiaba el hecho de que Miguel seguía siendo huésped en casa ajena, ahora propia. Debe andar en algún lado, me dije, no se puede haber perdido. Sería una lástima. Mas, en todo caso, no tenía importancia. No conozco a una sola persona que piense en esos seis meses en términos de valor, honor y abnegación, valores dogmáticos que todo buen patriota debe observar cuales si fueran un imperativo categórico. Imagino que nadie nace malvado, es el mundo mismo el que lo corrompe, pero es imposible saber. En este orden de cosas, da lo mismo entonces jurar lealtad a la patria, fidelidad a cualquier dios o simpatía hacia ningún partido. Sí, es la misma salvajada. Quiero decir, en lugar de flotar a la deriva, adherirse a cualquier masa de adeptos-ineptos identificados en función de una manía compartida, su particular desesperación, su mórbida estupidez. Entonces volvió a mi mente una frase de Nietzsche: “La esperanza es el peor de los males.” Vaya si tenía razón el alemán demente.

—Estaba pensando —comenzó a decir Miguel al cabo de un rato.

—¿Qué, o en quién?

—En Luna.

—Ya. —Otra de las teachers nuevas que trabajaba donde nosotros. Traté de recordar si tenía alguna impresión de ella, y sorprendentemente no tenía ninguna. Poco menos que su nombre, tal vez ni siquiera eso. —. ¿Qué, enamorado?

—Dios no quiera —respondió el otro con sorna—, sólo me parece una chica diferente.

Arqueé una ceja, escéptico, pero lo dejé continuar.

—No sé, hay algo en su manera de ser que la aparta de los demás. Tiene cierto aire… —miró largamente por la ventana—. Además, el nombre, Luna. No es muy común, sugiere algo… no sé… exótico. —Luego rio, una risa seca, involuntaria—. ¿Crees que soy un iluso?

—El peor de todos.

Me puse a pensar en todas las veces que tuve trato con la susodicha. Pocas o ninguna vez recuerdo haberla escuchado hablar durante las reuniones. Sólo tengo, de ella, su mirada perdida durante las capacitaciones, su perfil retraído, ligeramente soberbio, el cabello negro lacio, larguísimo, el idéntico porte de todas las muchachas de su edad y condición.

—Me perdonarás —dije llegados a una luz roja—, pero yo la veo igual a las otras.

—¿En qué sentido?

—En el sentido de que sólo está haciendo lo que la naturaleza le dicta. La típica de que tus padres te llevaron a clases de idiomas de pequeño y de grande no se te ocurre mejor cosa que hacer lo mismo.

—Entonces, ¿dónde nos deja eso a nosotros? —preguntó sin desafío.

—En ningún lugar. No se trata de ser emisarios de la justicia social, pero debes darte cuenta de que, en este país tomar clases con nosotros es un lujo. Y eso no debería ser.   

—Sin duda, pero al sistema no se lo puede vencer jamás. La historia lo prueba.

—Yo jamás hablé de empezar ninguna revolución, tampoco creo en ellas.

Ni en la bondad de las personas, quise agregar. Siendo que en el fondo todos tenemos cosas que ocultar, alguna pequeña mezquindad, arrepentimientos y rencores, mirar de frente a los demás se me antoja similar a pasear la mirada por un sórdido pasillo de la vergüenza. Los santos, si existieron, debieron haber aceptado su martirio menos por fe que por desengaño. Imagino que el propio Salvador, en sus últimos momentos clavado en la cruz, debió haber sentido, siquiera por un segundo, alivio ante el prospecto de desentenderse de nuestra odiosa especie. Y aquello de no existe el mal por sí mismo sino personas que deliberadamente eligen obrar mal, cada vez más me parecía un pretexto pueril para justificar nuestra propia incapacidad para hacernos cargo de la condena de nuestra libertad. Libertad, una palabra preciosa cuando nos olvidamos de todo lo que significa.

Algunas veces me da por preguntarme cómo sería si el Edén no se hubiera perdido. Me gusta creer que, si yo hubiera sido el creador, me hubiera contentado con aniquilar a ese par de pazguatos, Adán y Eva, y empezar de cero, esta vez infundiéndoles el conocimiento de causa. Un mundo donde por escoger una cosa no se tuviera que renunciar a todas las demás. Ser rey por un día y esclavo al otro, convertirme en la más dulce mujer, en fiera y polvo alternativamente, ser humano y ser dios. Donde la muerte sea una elección y no una obligación. Un lugar donde no haya tiempo para arrepentirse…

—Sin embargo, me parece que la quiero —dijo Miguel, calmoso. —. A Luna, digo.

—Raro es tener amores platónicos en esta época —repliqué inseguro.

—No es platónico —dijo sin fuerza—, es real. Solamente no sé qué tanto.

—Viene a ser lo mismo.

—¡Como sea! Pero eso no cambia mis sentimientos. La quiero, aunque sea de lejos.

—De acuerdo —concedí—. Lo bueno es que las ilusiones se curan rápido.

De pronto, la carretera me pareció más vacía. No sé cuánto tiempo habremos hablado, tanto como para distraerme de los cambios en el paisaje, o si simplemente todo aquello había dejado de importarme. Pero de lo que estoy seguro es que de nuevo volvía a sentir el sabor de la tristeza en mi boca, inexplicable y húmeda, inefable.

 

—Tal vez deje de dar clases permanentemente —me confesó a la puerta de su casa.

—No te culpo, compadre. Si fuera por mí, yo también mandaría todo al carajo. —Sonreímos cómplices. —. Pero debo preguntar: ¿y después?

—¿Y después? No lo sé. ¿Importa?

—En absoluto. —Metí las manos en los bolsillos y de pronto se me ocurrió que era la primera vez que nos veíamos a la cara. Siempre humillados y ofendidos, pero nunca del todo abatidos. —. Cualquier cosa es buena mientras pague, aunque los dos sabemos que la salvación de nuestras almas no tiene precio.

—El detalle es que salvación no equivale a satisfacción. —Pateó una piedrita y ambos la vimos rodar hasta perderse entre los arbustos. —. Sabes, la felicidad, esa maldita cosa, podría estar en cualquier lugar. Pero nosotros sólo podemos estar en un solo lado. Por lo tanto, queda conformarse con lo más cercano, lo más parecido. Y lo gracioso es que, aún si la hubiésemos encontrado, no podríamos nombrarla, expresarla ni comprenderla.  

—La violenta necesidad de interpretar los hechos, de contaminarlos con verosimilitud.

—Exactamente. De hecho, ahí reside el corazón del asunto; hay que fabricar esperanzas, adornarlas con recuerdos, sacados quién sabe cómo ni de dónde, impregnarlas de solidez incontrovertible, darles nombre, forma y color, asumir la felicidad pasajera y, abandonarse a un optimismo que derive en ilusiones, aspiraciones y pasiones, y en el juego, repetirnos medias verdades que nos hagan creer que no todo está perdido.

—Creo que entiendo —asentí—, la trampa del optimismo.

Él sonrió.

—Tonto es solamente aquel que apuesta sabiendo que va a perder.  Basta saber que existe la posibilidad de un milagro, más allá de su improbable merecimiento. En ello consiste la gloria según yo; creerse vencedor a pesar de haber sido vencido.

En efecto, me dije, vencedores vencidos.  

Un comentario al margen

 

Por: un extranjero impotente...

 

Educación, ¿para qué?

Amén de la fábula neoliberal que nos ha vendido la educación como la llave del progreso, detengámonos un momento a apreciar lo mal que ha envejecido esta idea. Seamos honestos: si bien la educación facilita enormemente el desenvolvimiento de un individuo medianamente funcional en la sociedad, ha perdido su propósito original de estimular su verdadero potencial. O bien este propósito se ha degradado con el tiempo, o bien ha sido vendido al mejor postor. De hecho, me inclino a pensar que esto último marcó el inicio de la debacle de la cultura general que persiste hasta hoy. No es casual que los puristas lamenten la decadencia de las letras y las artes; aunque su crítica, a menudo envuelta en una narrativa que puede parecer pretenciosa, lo cierto es que la persona promedio de hoy sabe menos que hace treinta o cuarenta años.

Los educadores de vena más modernista podrán argumentar que la educación actual se centra en resolver problemas en lugar de acumular conocimientos, aplicación en lugar de simple memorización. Sin embargo, esta visión plantea una primera cuestión. Personalmente, no comulgo con el pragmatismo dogmático, herencia de la mentalidad postindustrial, que permea nuestro quehacer cotidiano. La actividad constante se ha convertido en el valor central de nuestra era, donde el tiempo se ve como un bien precioso, casi sagrado. No podemos desperdiciarlo estudiando áridas teorías, a menos que éstas nos ayuden a ser más productivos. El auge de la educación STEM (Science, Technology, Engineering and Mathematics, en inglés o Ciencia, Tecnología, Ingeniería y Matemáticas en nuestro idioma) es la prueba más sólida de ello.

Mucho se ha dicho al respecto y, para no repetir lo ya dicho, remito a un interesante libro de Byul Chun-Han, La sociedad del cansancio. No obstante, me parece digna de recordar la crítica hecha hacia este enfoque. Y es que, aparte de promover un pathos que neglige áreas como las ciencias humanas —fundamentales para comprendernos a nosotros mismos y, de paso, a los demás—, lo cierto es que no produce individuos más capaces, sino solamente mano de obra calificada. Sí, quizás relativamente mejor pagada que profesionales de otras áreas, pero asalariada, a fin de cuentas.

Ahora bien, si nos inclináramos hacia el otro extremo de la balanza, la llamada educación humanista, holística o transversal (a decir verdad, de este tipo hay tantas variantes que acaban siendo todas las mismas. Véase el método Montessori, las teorías de Vygotsky o, inclusive, llevado hasta sus últimas consecuencias, el pensamiento de Freire), pese a que recobra el valor del estudiante en tanto individuo, también ofrece una visión limitada acerca de cómo deben abordarse los desafíos de nuestra época. Un énfasis desmedido en la subjetividad del alumno puede derivar en un aprendizaje relativista, donde el conocimiento pierde solidez al depender excesivamente de la interpretación individual.

Por otro lado, prescindir de las ciencias es también echar por tierra los fundamentos de nuestro estilo de vida.

En definitiva, una educación predominantemente técnica conduce a un racionalismo tajante, casi deshumanizante. En cambio, una educación relativista propicia el pensamiento crítico, pero es incapaz de producir certezas, salvo la de que todo es dudoso.

Este ciertamente es un dilema que tiene muchas aristas, lo que explica la multiplicidad de paradigmas sobre la educación que han surgido a lo largo de los dos últimos siglos. Cada uno, es verdad, era un producto de su tiempo, pero no podemos negar el valor teórico que han aportado a la pedagogía. Si bien no exenta de tropiezos, la educación de la actualidad se cimenta sobre los aciertos y errores de las generaciones anteriores. Así pues, en teoría, en la actualidad deberíamos aprender mejor que en la época de nuestros padres y abuelos.

Pues no…

Si en algo tienen razón nuestros mayores, es en que antes las cosas eran más simples. Existía una diferencia entre asistir a un colegio público o privado, pero, en la práctica, ambos seguían metodologías similares, sin que uno tuviera una ventaja significativa sobre el otro. Es cierto que, tanto entonces como ahora, egresar de un instituto privado otorga cierto estatus social, pero en el pasado, dicho estatus tenía un impacto mucho menor en la vida cotidiana del individuo.

Me explico: de un tiempo acá, varias escuelas privadas están sumándose a una tendencia que es, por lo menos, llamativa. No tanto por su impacto cognitivo-pedagógico sobre los estudiantes, sino por, digamos, el sello de calidad que imprime sobre sus frentes. “Sí, yo soy egresado del colegio X”, dicen algunos como si aquello fuese su mayor orgullo. ¡Y vaya si lo es en algunos casos! Pero, ¿qué caracteriza a estas particulares instituciones?


Casi todas siguen el mismo patrón. Promocionan sus modernas instalaciones, presumen de clases de inglés, deportes, talleres de arte, computación y/o robótica, organizan eventos culturales cada dos por tres y, por supuesto, se jactan de contar con una plantilla docente de altísima calidad. Y ni qué decir de su orgullo por ofrecer un entorno de aprendizaje cien por ciento digital (letras pequeñas: más te vale tener tu propio dispositivo. Si es de la manzanita, mejor todavía).

Toda esta tendencia apunta a promover una educación orientada al liderazgo. Es decir, se trata de una formación que pretende trascender el modelo de escuela tradicional, de manera que pueda trasladar sus experiencias dentro del aula a los desafíos que exige la sociedad actual. Ya de entrada, esta concepción plantea numerosos cuestionamientos. En primer lugar, ¿a qué desafíos nos referimos? Porque, aunque es cierto que en la actualidad la sociedad entera se enfrenta a más o menos los mismos retos, no se puede afirmar que todos enfrenten las mismas dificultades, y menos aún quienes provienen de distintos estratos sociales. Seamos honestos: los chicos y chicas que asisten a escuelas privadas rara vez enfrentan verdaderas dificultades, y si las tienen, difícilmente pueden considerarse desafíos en el sentido estricto de la palabra. Por ende, aunque toda estimulación en el aula es valiosa, me pregunto: ¿realmente estos chicos, que ya cuentan con todas las ventajas, necesitan aún más de lo que sus padres les proporcionan? Por otro lado, al proveer de tantas oportunidades diferentes, tantas clases exclusivas, de una u otra manera, los alumnos de estos colegios salen al mundo equipados con más herramientas de las que un alumno de un colegio público podría soñar.

Tomemos como ejemplo las clases de inglés. Es cierto, a ningún adolescente le gusta asistir a clases obligatorias, sin importar su condición económica. Sin embargo, es innegable que aprender un idioma extranjero desde una edad temprana abre muchas puertas en la adultez. Y aunque hoy en día casi cualquiera aprende algo de inglés, aunque sea de forma involuntaria, eso no cambia el hecho de que recibir clases privadas o contar con inglés como parte del currículo escolar sigue siendo un lujo en nuestro país. Y así con el resto de clases “exóticas” que podemos encontrar en estas escuelas.

Valga la aclaración: al hablar de colegios privados, no me refiero a esas escuelillas de pacotilla que, a cambio de una cuota modesta, le hacen creer a la clase media que pertenecen a un estrato social superior. No. Me refiero a los colegios privados de verdad, a los criaderos de dirigentes políticos, donde los futuros empresarios juegan partido en el recreo, se entrenan para heredar el control de empresas familiares y aprenden desde pequeños el arte de la diplomacia de cóctel. Esos colegios donde el networking empieza en la infancia y la educación no es tanto una cuestión de aprendizaje, sino de asegurarse de que los hijos se rodeen de los contactos correctos. Porque al final del día, más que conocimiento, lo que realmente se adquiere en estos lugares es un pase VIP a las élites que manejan el país.

 


Rutina

Despertar a las cuatro y media de la mañana, engullir un desayuno sin hambre (si es que hay tiempo para ello), asearse a toda prisa y salir disparado a la parada, sólo para pasar otra hora y media—o más—hacinado en un autobús con otros cincuenta condenados a la misma rutina. Gente de la periferia, los engranajes invisibles que sostienen la maquinaria económica del país. Luego, cumplir el turno hasta las cinco y, con suerte, arrastrarse a la facultad hasta las nueve de la noche, si hay tiempo y dinero para eso… porque estudiar, a estas alturas, es un privilegio reservado para los que aún tienen fuerzas para aspirar a algo más. Después, correr—no, volar—hasta la parada, rezarles a todos los santos habidos y por haber para que el último colectivo no haya pasado ya, o cazar cualquier chatarra que nos acerque a casa. Llegar pasadas las diez, once o, con mala suerte, las doce… y al día siguiente, vuelta a empezar.

Y no hablo de trabajos decentes, mucho menos bien remunerados. Dentro de esta tragicomedia, que un oficinista apenas supere el salario mínimo y que un obrero de construcción gane incluso menos, mientras ambos pasan un promedio de catorce horas fuera de casa (cuatro desperdiciadas en el transporte y entre nueve y diez esclavizados en la jornada laboral), no es normal. Tampoco lo es trabajar los fines de semana, ni siquiera los sábados hasta mediodía, salvo circunstancias extraordinarias o que la profesión lo demande. Así las cosas, virtualmente, no hay ninguna diferencia entre un asalariado de una empresa privada y un ayudante de albañil. El primero debería ganar más que una miseria, y el segundo, al menos, un salario mínimo que hiciera honor a su nombre.

Todo esto, claro, en los tiempos “buenos”, cuando “hay mucho trabajo”, cuando “están contratando en X”, cuando “se gana bien en Y”. Porque la verdad es que un papelito que certifica un título no garantiza empleo, y mucho menos uno que justifique los años invertidos en estudiarlo. En el mejor de los casos, uno se pasará lo que le quede de sus veintes acumulando experiencia en algún puesto irrelevante (sí, les hablo a ustedes: comercios, oficinas, entidades gubernamentales y empresas de servicios), a ver si, con suerte, algún día logra ejercer su profesión. Para entonces, estará rozando la treintena, lo que en el mercado laboral equivale a una sentencia de muerte, porque irónicamente se espera que a esa edad ya esté consolidado en su área. Es tan absurdo que da risa: exigen décadas de experiencia, pero jamás crean oportunidades para obtenerla. Hasta entonces, uno debe conformarse siendo archivista en alguna empresa, cargando las bolsas del súper de algún fulano, vendiendo celulares en algún shopping o escuchando preguntas estúpidas en un call center por, repito, un salario mínimo. Un mísero salario mínimo.

Ni hablar de los que trabajan por contrato. La misma fosa séptica de explotación, solo que envuelta en trámites interminables. Entre contratar seguros médicos inútiles, afiliarse a mil y una financieras, declarar hasta la última uña a las autoridades y, en resumen, asumir todos los gastos que, por ley, deberían ser prestaciones universales. Algo tan básico como un aporte para la jubilación, pero ni eso: las pensiones privadas cuestan un ojo de la cara y el sistema público está, por decirlo amablemente, poco menos que colapsado. Si uno sobrevive tamaña odisea, se gana un respiro que dura lo que estipule el contrato: un año, seis meses, cuatro, tal vez solo uno, según la generosidad del empleador. Inclusive, trabajar así es peor que bancarse una jornada de doce horas, seis días a la semana. Porque vivir sin saber qué pasará al final del contrato, o si pasará algo en absoluto, no es vivir. Es simplemente existir.

Y no, no se vale decir “así son las cosas, compadre” ni aludir a la manida fábula de quien se esfuerza, necesariamente prospera. ¡Si lo que sobra en este país es esfuerzo! Lo hay a raudales, lo ha habido desde tiempos inmemoriales. Desde las mujeres que reconstruyeron el país tras la Guerra Grande hasta los campesinos que, a día de hoy, hacen posible que podamos asar un vacío todos los viernes por la noche. Aquí, la gente se parte el lomo solo para mantenerse a flote. Padres y madres de familia que hacen hasta lo imposible para rascar un mendrugo de sustento para sus hijos. Gente del interior que lo deja todo para venir a jugarse la vida en nuestra propia Babel, con la esperanza de algo mejor y la certeza de que, probablemente, no lo encontrarán. Pero seguimos romantizando el esfuerzo, la fatiga, la carencia, como si fueran virtudes y no síntomas de un sistema roto. Decimos que quien estudia y trabaja es “guapo”, pero nunca nos detenemos a pensar que no lo hace por elección, sino por obligación. Porque la inflación se dispara, los sueldos se estancan y el dinero en casa se esfuma cada vez más rápido.

La fórmula que reza “Dios proveerá”, sumada a los supuestos casos de éxito de los personajes ilustres de nuestros tiempos (a saber, principalmente empresarios y políticos) no son más que placebos para hacernos olvidar que estos prohombres, lejos de ser la personificación de la perseverancia, tuvieron la suerte de haber nacido en una cuna de oro. Si Elon Musk hubiera nacido paraguayo y se hubiera graduado de la facultad politécnica de la UNA, dudo mucho que sería el magnate que es hoy. A lo sumo, sería un profesor de informática mal pagado en un colegio privado. Es una verdad incómoda, sí, pero debemos afrontarla, por muy dolorosa que sea. Negarla es de necios. No querer reconocerla significa estar desconectado de la realidad o, peor aún, estar conforme con ella.

El pobre no es pobre porque quiere.

Afirmar esto no es simpatizar con ninguna ideología política, va mucho más allá. La derecha, por ejemplo, sostiene que, si el gobierno no refuerza la economía interna, nadie nunca podrá progresar. Por su parte, la izquierda argumenta que, si la riqueza sigue concentrándose entre unos pocos, la gran mayoría quedará sin los recursos necesarios para salir adelante. En ningún caso se considera a la pobreza como una actitud, la consecuencia de la falta de ambición del individuo. Quienes aún creen que todo es una cuestión de mentalidad se sorprenderían al saber la cantidad de personas que desean que las cosas algún día mejoren.

Una vida así es insostenible. Injustificable por donde quiera que se la mire. Inaceptable a poco a que reconozcamos que la pobreza no es simplemente no tener dinero. Es no poder pasar tiempo de calidad con tus seres queridos, no poder cuidar de ti mismo, usar tu poco tiempo libre exclusivamente para reposar—que no es lo mismo que descansar—antes de volver el lunes al trabajo, que tres cuartas partes de tu salario se vayan en gastos domésticos (servicios, los hijos, deudas) y lo restante lo gastes en vete a saber qué hasta el siguiente fin de mes, comer mal y dormir peor. Vivir para trabajar, y no trabajar para vivir.

Ahora que que las clases han empezado y el grueso de la población se prepara para remontar otro año de sacrificios, creo que es el momento de atrevernos a ser ingratos, de obligarnos a mirar más allá de la falsa seguridad que ofrece la modestia. No se trata de exigir un cambio de régimen, sino, simplemente, condiciones más dignas.

¡He dicho!

 

 


Reseña de "Daltónico", de Enjambre

 

(Fuente: Spotify)

Rock, nostalgia y psicodelia: Revisitando “Daltónico”, de Enjambre

Lanzado en 2010, Daltónico marcó un punto de inflexión en la trayectoria de Enjambre, catapultándolos al reconocimiento dentro de la escena del rock alternativo en español. Con este álbum, la banda consolidó su característico sonido nostálgico, influenciado por el rock clásico de los años 70, con toques de psicodelia y una estética melancólica que resuena profundamente en el público latinoamericano.


Cuando recordamos la escena indie mexicana, se nos vienen a la cabeza varios nombres, se me ocurren: División Minúscula, Zoé, Little Jesus, Odisseo, Siddhartha, Los Blenders, Natalia Lafourcade, entre varios, varios más. Sin embargo, de entre todos ellos, un grupo que destaca, no sólo por su trayectoria, sino también por su capacidad emotiva es, sin duda, Enjambre.

Formada hace veinte años, la banda zacatecana dio sus primeros pasos en la industria musical con un humilde, pero convincente, primer disco en 2005, “Consuelo en domingo”, para tres años después causar su primer gran impacto con los sencillos “Manía cardíaca” e “Impacto” de su siguiente álbum de estudio, “El segundo es felino”, de 2008. Este disco es un punto crucial para la banda, no solo en términos de éxito comercial, sino también en su evolución sonora, consolidando así el estilo que los definiría por el resto de su carrera. Un rock accesible, pero lejos de ser insípido, con más de un reconocido guiño a la música de los 70 y 80, letras melancólicas que no caen en el sentimentalismo y, en general, una ejecución sólida, cimentaron la reputación de la banda como una de las más queridas dentro del género.

En los años que siguieron, la escena del rock alternativo mexicano atravesó un momento de notable efervescencia. Para entonces, PXNDX ya había lanzado “Poetics”, Hello Seahorse! estrenaba “Lejos. No tan lejos”, División Minúscula seguía de gira con “Sirenas”, Zoé seguía cosechando el éxito de “Reptilectric”, Bengala promocionaba “Oro” mientras que Odisseo debutaría al año siguiente con su EP “Los Salvajes”. En medio de esta oleada de lanzamientos icónicos, Enjambre nos regala con “Daltónico”, en mi opinión, su mejor trabajo hasta la fecha, y por mucho.

Todo en este disco grita nostalgia, partiendo desde la portada, que rememora mucho las bandas de colores del tecnicolor. Producido por Gerry Rosado, el sonido tan particular de este álbum resalta la calidez de las grabaciones analógicas de antaño, dándole al disco un aire atemporal. Desde el primer acorde, Daltónico sumerge al oyente en una atmósfera de guitarras envolventes, bajos melódicos y baterías precisas, todo acompañado por la inconfundible voz de Luis Humberto Navejas. Sus letras, cargadas de dramatismo y poesía, son uno de los pilares del álbum.

Uno de los aspectos más destacados de Daltónico es su lirismo. Las canciones abordan temas de amor, pérdida, desencanto y nostalgia, con una prosa cuidada y metáforas que invitan a la introspección. En este tenor, el álbum empieza con Cobarde: un arreglo de teclados abre la canción, en combinación con un urgente redoble de tambores que le dan una atmósfera etérea y en la que Luis Humberto demuestra su capacidad vocal al interpretar un estilo de canto inspirado en los grandes exponentes del mariachi, como Pedro Infante o Antonio Aguilar. La letra le hace justicia, uniendo tristeza en estado puro con belleza poética: “Envidia del asfalto donde dan paso tus pies / Envidia del destino a donde ves / Envida de la ropa que le da abrigo a tu piel / Envidia del clima que te ampara y te es cruel.”

El segundo tema, Visita, es uno de los himnos de la banda. Con acordes secos pero punzantes, a medida que avanza, la canción evoca un sentimiento de arrepentimiento y resignación. Aunque en una primera escucha podría parecer una ruptura amorosa, la letra sugiere más bien una separación familiar, véase el estribillo: “Pues no es gusto, no es mi voluntad / Cree lo que te digo / Que aunque no me veas yo voy a estar / Siempre contigo” y el coro: “La semana me parte en dos de viernes a domingo / Tu visita me repara cuando nos conecta, entonces vivo / Quiero que te vengas a vivir todos los días conmigo.”

Con un giro en la atmósfera, Cambiante, la tercera canción, es una explosión de guitarras distorsionadas, batería enérgica y coros que critican las relaciones superficiales: “Quieres engañarte al disfrazarte como ellos / Has dejado al ser humano atrás / Ya eres animal nuevo.” El solo es la mejor parte, y aunque simple, tocado en armonía con los teclados, crea una pared sonora que no deja a nadie indiferente.

La cuarta canción del álbum no es otra menos que Dulce Soledad, probablemente el sencillo más exitoso de la banda. Se trata de un himno melancólico con una melodía pegajosa y una letra que explora la relación entre la tristeza y la inspiración artística. Léase: “Pero en cambio a ti te tengo / Mi fiel enamorada / Solo contigo me entretengo” y más adelante: “Juntos nos ocultamos en las horas largas / Ya que tu silencio esconde tu identidad / Te llamaré por sobrenombre mi dulce soledad”, que da paso al quinto tema, Sanguijuela, una oda a una relación tóxica, pero que al mismo tiempo no deja de ser una apasionada declaración de amor: “Cuando no la veo / Todo el día tiemblo / Y mi piel se abre para enseñarme / Sangro de su sangre.”

Llegando a la mitad del álbum, suena Eliza Mi Hortaliza, una de las canciones más infravaloradas de la banda. Con guitarras cargadas de energía punk rock y letras que a menudo rozan lo onírico, Luis Humberto captura la sensación, casi surrealista, en la que consiste enamorarse por primera vez. De esta manera, tenemos un coro tan absurdo como conmovedor: “Ella por mí siempre está velando / Aunque putrefacto soy su fruto amado / Cuando acepto que veo todo raro / En el día entre el primero y último del año / Ahí está / Eliza mi hortaliza.” A esta canción sigue Makin’ It Back, un himno a la resiliencia escrito en inglés, con notables reminiscencias a bandas pioneras del indie rock, sobre todo The Strokes.

Siguen la dupla de canciones Madrugada e Intruso, dos sencillos que tampoco reciben la apreciación que merecen. El primero lidiando con temas como el remordimiento: “Para no sentir culpa / Para no sentir orgullo / Para no sentir que lo que yo tengo / En verdad es todo tuyo”, y el segundo expresando bastante elocuentemente un sentimiento de celos, todo acompañado de un riff que nos transporta a los mejores años del rock setentero: “Es de anatomía / Idéntica a la mía / Su rostro es de alegría / El mío es de agonía”.

Un refrescante cambio de tono viene dado por La Duda y Enemigo, comparativamente más relajadas que las nueve canciones anteriores, aunque sin alejarse del todo del rock que permea todo el álbum. Las letras van directo al grano, aunque eso no las hace perder fuerza, las dos hablan de la desilusión que sentimos tras ser engañados por una persona querida, o de la decepción que sobreviene tras darnos cuenta de que nuestras esperanzas no se cumplirán. A éstas, sigue Ciencia De La Lluvia, una pegajosa canción de amor en toda regla, de ésas que no se dedican a la ligera, que sólo una vez en la vida tienen sentido: “Me encontraste en lo más bajo / En el camino disfrazado de atajo” y en cuyo coro podemos apreciar una vez más toda la capacidad vocal de la que es capaz Luis Humberto Navejas: “Todo lo hago por ti y esto no es un lamento / Sino un ruego donde intento que / Te quedes aquí / Todo lo hago por ti y yo no te pido nada / Solo ver esa mirada y ese sonreír.”

El álbum cierra con broche de oro con ¿Cómo Le Llevo Serenata?, la única balada del disco, donde la banda se permite un momento de vulnerabilidad explorando con un ritmo más pausado, arreglos atmosféricos y dónde la voz de Luis Humberto parece ser la voz de nuestras cabezas haciéndonos preguntas retóricas: “¿Cómo le llevo serenata? / A alguien que no descansa (…) ¿Cómo le llevo serenata? / A alguien que vive / En todos lados (…) ¿Cómo le llevo serenata? / A alguien quien no puedo encontrar.” La canción expresa la frustración de no ser capaz de encontrar a una persona que, paradójicamente, está cerca. La metáfora de la serenata refuerza esta idea, ya que culturalmente, constituye acto de amor y dedicación hacia una persona que, se asume, está fuera de nuestro alcance, por lo que, al llevarle música hasta su balcón, estamos demostrando nuestro deseo de conexión. Sin embargo, la ausencia de tal persona echa por tierra todo ese esfuerzo, lo que añade una capa de melancolía y resignación a la canción. En la segunda parte, el narrador expresa su deseo de ser encontrado por el ser amado, para poder finalmente cantar hasta caer dormido, y ser arropado por ella: “Añoro el día en que me encuentres / Para cantarte hasta que dormido caiga / Y ya que tú no duermes / Seas tú / Quien me ponga en cama / Y por ti ser arropado / Y al despertar seguirte cantando.”

En conclusión, Daltónico es un álbum esencial dentro del rock en español contemporáneo. Su capacidad para transmitir emociones genuinas, su sonido vintage bien ejecutado y su lírica emotiva lo convierten en una obra destacada en la discografía de Enjambre. Es un disco que no solo definió a la banda, sino que también dejó una marca en una generación de oyentes que encontraron en sus canciones un refugio para la melancolía y la reflexión. 


martes, 16 de julio de 2024

Reflections on The Shipyard: final thoughts

 


Final entry:

I firmly believe what is alluring about literature is its capacity to make us live different lives, to help momentarily evade our own by telling us stories of love and victory, of justice and honor, hope through suffering. That is what fiction is all about. Therefore, it doest not come as a surprise to me that many people choose not to read realist (for lack of a better term) literature, as if our own lives were not hard enough, the least thing we'd want is to be reminded of our hardships through fiction. But that, I think, causes us to miss not only on great books, but also to neglect a fundamental part of ourselves—that is, the capacity to understand one another. And that is precisely the value I find in The Shipyard. 

Onetti is not a writer for everyone, that I must confess. His style may come across as pessimistic and often too dense for the casual reader. But after a thorough read, after letting his words sink in, we will discover a masterful use of language (though, perhaps it is easier to perceive in its original language), an insightful interpretation of reality and, why not, a sense of understanding that only comes from having gone through the same experiences. For, who has not, even once in their lifetime, questioned their place in the world? Who has not felt powerless in the face of failure? Or, even most importantly, who has not inquired about the meaning of their life and has been faced with irrational silence? The novel's characters are not superhumans, they do not exhibit a high sense of morals, extraordinary treats or overcome impossible challenges to get what they want. None are deserving of a happy ending, either. But they are human, just like us; they are not perfect, they are just trying to make the most with the cards they have been dealt with. Onetti knew firsthand the boredom of leading a monotonous life and how hard it is to resonate with perfect characters in perfect stories, so he did exactly the opposite: with painful lucidity, he wrote his stories as vividly realistic as possible.

But again, that is what makes The Shipyard so believeable. Unlike a Ulysses, Larsen, the novel's protagonist, is closer to how people behave in real life. We all grapple with, rather than transcend, selfishness, ambition, and pride. And, as opposed to fantasy novels where heroes overcome great dangers, The Shipyard is a story of a life's failure. Yet, these rather disheartening elements resonate more with us because we have all felt this way at some point.We know the sting of believing our efforts amount to nothing, and Onetti, with a quiet understanding, acknowledges this by constructing a world and filling it with characters that depict accurately this stage of our lives. Despite it not providing any comfort word, at least it makes us realize we are not alone in this—sometimes knowing ourselves heard and understood is more comfortable than wishing for a magic solution to our problems. And this novel's purpose is exactly that, to serve as means for catharsis, let out our bottled up frustration to finally allow ourselves to move on. 

Combined with this, Onetti's genius to leave things unexplained make for a story full of subtleties, plots and subplots that enrich the novel despite it expanding for less than 230 pages. Rarely do we see such measured control of events, where the narrative flows seamlessly without revealing everything at once. Unlike a police procedural novel, The Shipyard does not present the reader with all the reasons behind the events. Instead, it provides a situation and invites us to draw our own conclusions. As the saying goes, sometimes less is more.

In conclusion, The Shipyard is a captivating read despite its short length, it thrives on the unexplained, allowing readers to actively participate in piecing together the narrative. Onetti's masterful storytelling unfolds a world haunted by unspoken truths, brimming with hidden depths, leaving you to ponder the characters' motivations and the town's strange inertia. It is a novel that rewards close reading and invites interpretation, making it a perfect choice for readers who enjoy a thought-provoking and atmospheric story. Constructed over the influence of Faulkner and Sartre, the novel delves into themes of futility, alienation, and the struggle for meaning in a seemingly meaningless world. It is a must-read for people who are looking either for a book that helps them to phrase their own existencial doubts, or for those in search of a novel that will stay with them for long. 

jueves, 4 de julio de 2024

Understanding failure: to move on is to grow

 


(Image generated by me using AI)

Fifth entry: 

"The Shipyard" is far from a hopeful novel. All its characters, the world around them, their lives and motives conjugate in a final that could well ressemble a Greek tragedy. Without delving into spoilers, all I will say is that it seems fate had always conspired against Larsen. What stands out remarkably is Onetti's bold narrative choice to withhold further explanations for the concluding events. This deliberate omission not only intensifies the sense of randomness but also suggests a deeper existential void, insinuating that the occurrences in our lives might be devoid of any true purpose. By leaving these final moments shrouded in ambiguity, Onetti reinforces a haunting perspective: that life, in its essence, may be inherently meaningless.

I believe this is why many people can deeply resonate with this book, if given the opportunity to explore its pages. It captures a profoundly human emotion: the struggle to reconcile with our own vulnerabilities after encountering failure. Let it be known that my intent is not to advocate for any specific philosophical viewpoint. Rather, I seek to examine this feeling from a different lens. The reason for this is no other than, after some personal experiences, I have come to appreciate this book with a new perspective.

First, the obvious. Larsen embodies failure in its starkest form; he is the living testament to unfulfilled attempts and perpetual setbacks. Yet, against all odds, he continues to strive forward, fully aware that each new effort is unlikely to produce a different outcome. At first glance, this relentless pursuit might seem like madness—repeating the same actions and hoping for a change. Something which is true to some extent. However, a different take on this led me to discover a remarkable trait of human spirit: the resilience to persist, to endure, and to find meaning even in the face of inevitable failure. At thte risk of sounding a bit naive, I can assure Larsen's unwavering will to keep pushing through can teach us a thing or two about frustration. 

In reflecting on failure, I firmly believe that feeling upset after falling short of our goals is completely natural. It is human to experience frustration, disappointment, or even disillusionment when the dreams we cherished seem to vanish before our eyes. Now, a first reaction to this would be to blame it on the world, to accuse life of being unfair or cursing our misfortune. And while it is understandable to feel this way, dwelling in this stage is not conducive to our well-being or growth. This is not about adhering to religious or mystical ideologies. This is just the realization I have come to through personal experience:  anger can fuel a much more productive path of action when channeled correctly. Larsen's ventures all inevitably fail, yes, and he curses this world for conspiring against his success. Yet, it is precisely this defiance that drives him to persist. Despite his almost pathological bad luck, Larsen strives to prove to himself that he can overcome these relentless setbacks. If he cannot change the world's course, at the very least, he resolves to change his own narrative.

Therefore, in re-visiting this novel, I found yet a new life lesson and a whole new interpretation of its story. In essence, while it is natural to be disheartened by failure, it is crucial to transform that energy into a force for perseverance and growth. Understanding what we have grown to be ultimately will lead to construct a stronger sense of self. 

miércoles, 19 de junio de 2024

Looking into a mirror: when the writer speaks to you

 

(Me smoking in an attempt to look like a character from the book)


Fourth entry;

A book will always spark a reaction from us. This is as certain as own mortality. It is practically an axiom. Anyone who claims they can read any book objectively, completely devoid of reaction, is either lying or not quite human. We naturally react strongly to themes that resonate with us. In fact, it could be argued that the very purpose of literature is to touch the reader's feelings in one way or another. That would explain what a clerk said to me a long time ago, when I first bought a book with my own money: "There is always a book for everyone, a story that resonates with yours, don't forget that."

Such is the case of Onetti and myself.. My first encounter with him was through a collection of tales of his. My favorite is "The Face of Disgrace". After that, he became the standard I would follow when it came to judging a writer's use of a language or a story's emotional weight; Unsurprisingly, it has become increasingly difficult for me to find any author that impresses me the same way Onetti did. But it is not only because his masterful writing, but also the topics he touches what make me feel so drawn to his books. Having lived in a time where Latin American literature was all about denouncing social injustices, discretedly critizing the military dictatorships or highlighting the local traditions and costumes, Onetti ignored all that and went on writting about deeper, more intimate topics such as the meaninglessness of life, the imposibility to love or the pain of nostalgia. 

Having said this, The Shipyard stands not only as personall all-time classic, but also as a place of solace when life becomes too overwhelming. As I have mentioned in previous entries, this novel's core topics are failure and how the lack of a sense of purpose drives people to madness, two feelings I, for personal reasons, am sadly all too familiar with. For the longest time, I have wanted not people tell me the usual, sugar coated words to cheer me up. I do not need them, for optimism is only a white lie to cover the irremediable wrongness of things. Instead, I wanted to know there was someone somewhere who went through the same situations than I. And it happened that, as I read this book and knew more about its characters, I felt more and more related to them as the situations described in the novel, save for some literary differences, were a reflection of what I had been through. Eventually, it became so personal I felt tempted to think I was reading my own biography (note the irony here). This personal connection to the book made its reading some type of catharsis. 

But, to end this entry on a more positve note, I find it fascinating how stories written by other people, perhaps from a time way before we were born, can still resonate so deeply with us even today. Onetti is a prime example, but countless authors have spoken to me across the years, each offering a unique perspective that resonated with the person I was at that specific moment. This only proves literature is capable of trascending time and space to reach the least expected person and serve them as a compass to navigate through the ups and downs of human experience. 

lunes, 3 de junio de 2024

Beyond objectivity: Onetti and the subtle art of implication

                                                  (Old piece of machinery, La Costanera, Asunción)


 Third entry:

So far, I have only spoken about the book's events and the character's reactions to them. I must admit, focusing solely on the book's events and character reactions falls short. Not only does it repeat the text, but it also contradicts the very nature of Onetti's literature. To try and make sense of what happens to us is a waste of time, to seek certainty in a life devoid of meaning is, at best, a futile exercise. Sometimes, what is important is not what happened but what it means to us. Therefore, speaking with the truth, for Onetti, is pointless. As expressed in his 1949 novel, The Well, "There are several ways to lie, but the most disgusting of all is to tell the truth, the whole truth, hiding the soul of the facts."

This approach to objectivity is central to understanding Onetti's work, including The Shipyard. He avoided following the realist tradition of his time while also regarding the magic realism's formulas as a lame experiment, and instead choosing to sustain all his narrations through an indirect point of view. And this reflects on the overall sense of incompleteness The Shipyard transmits, and which captivated me the first time I read it. The story does not lay on an onmiscient narrator but on a secondary witness, someone who elludes or ignores basic information. Sometimes, a whole chapter is based merely on a rumor or a thirdhand piece of gossip. But their interpretation is never exact nor reliable. The nameless narrator, another character within the novel, acts as an imprecise eye, wandering through the text, incapable of explaining its own bewilderment.

Besides, let's ask ourselves, when we tell something to someone, do we go through each exact detail, having a full comprehension of every single element, accounting for the big picture? Isn't our version inevitably subjective and shaped by our perspective? Onetti knows this all too well and, as a fervient admirer of Faulkner, he also is aware that the writer owes nothing to the reader. Nobody but the characters has a full comprehension of the story, so the writer's job only consists of sharing it in the best way he can. Literature isn't, and shouldn't be, a mirror or a photograph of the real world. Its domain is the unreal, which is not the same as fantasy. Fantasy combines the possible with the impossible, whereas the unreal is the product of a mind that dreams, reflexes, creates and omits. 

However, I believe this is the actual charm of this book, its essence. Instead of being a guided walk through the park, we are set to take an active role in the story by taking in the little pieces of information we are given and combining them together however we see best. The meaning we construct is our own, and ultimately the most valuable one to share. The real causes don't really matter, as they are subjected to ambiguity and arbitrariness. Just as in real life, the elements are there and we are free to make our own interpretation, for who is in possession of absolute truths? No one. Because facts are always empty, they are just vessels that will take the form of the feeling that fills them. Lying is always more ethical than pressuming certainties.

Nada es como antes

  Relato original —Voy a hacerme soldado, apá. —¿Sí mijo? —Sí, apá. Seguían recolectando el maíz bajo un sol que castigaba, distante, sus es...